Oraciones simples. San Manuel Bueno, mártir
- Tendría él, nuestro santo, entonces unos treinta y siete años.
- Empezaba el pueblo a olerle la santidad.
- Se sentía lleno y embriagado de su aroma.
- Luego Blasillo el tonto iba repitiendo en tono patético por las callejas, y como en eco, el «¡Dios mío, Dios mío!”.
- En cambio, uno de los más frecuentes temas de sus sermones era contra la mala lengua.
- Sustituía a las veces a algún enfermo en su tarea.
- Un día del más crudo invierno se encontró con un niño, muertecito de frío.
- El contentamiento de vivir es lo primero de todo.
- El santo eres tú, honrado payaso.
- Debo vivir para mi pueblo.
- Yo no podría soportar las tentaciones del desierto.
- Y tu hermano Lázaro, ¿cuándo vuelve?
- Salí de aquella mi primera confesión con el santo hombre profundamente consolada.
- Y aquel mi temor primero, aquel más que respeto miedo, trocose en una lástima profunda.
- Era yo entonces una mocita, una niña casi.
- Llegué a casa acongojadísima.
- Me encerré en mi cuarto para llorar.
- En esta España de calzonazos los curas manejan a las mujeres.
- Dios, hija mía, está aquí como en todas partes.
- En el fondo del alma de nuestro Don Manuel hay también sumergida, ahogada, una villa.
- En la aldea se embrutece uno.
- Civilización es lo contrario de ruralización.
- ¿Cree usted en la otra vida?
- Mi vida, Lázaro, es una suerte de suicidio continuo, un combate contra el suicidio.
- Yo mismo con esta mi loca actividad me estoy administrando opio.
- Mi alma está triste hasta la muerte.
- Me levanté sin fuerzas y como sonámbula.
- Todo en torno me pareció un sueño.
- Habré de rezar también por el lago y por la montaña.
- Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo.
- ¿Cuál es nuestro pecado, padre?
- Ya lo dijo un gran doctor de la Iglesia Católica Apostólica Romana.
- El delito mayor del hombre es haber nacido.
- Ese es, hija, nuestro pecado: el de haber nacido.
- Vuelve a rezar por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte.
- El hacer bien, y el engañar bien, ni aun en sueños se pierde.
- Y la hora de su muerte llegó por fin.
- Todo el pueblo la veía llegar.
- Para un niño, creer no es más que soñar.
- Como Moisés, he conocido al Señor, nuestro supremo ensueño, cara a cara.
- Mi hermano y yo nos pusimos junto a él.
- El pueblo todo se fue en seguida a la casa del santo.
- En sus hojas encontró, desecada y como en un herbario, una clavellina pegada a un papel y en este una cruz con una fecha.
- Él me curó de mi progresismo.